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Ocaña
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La histórica villa de Ocaña se erige sobre una mesa calcárea que domina la vega cuaternaria del Tajo, a 50 kilómetros al este de la capital yendo por la carretera de Aranjuez (N-400) y luego por la de Andalucía (N-IV).

¿Dónde está la ciudad de esta plaza?, es el chiste del que los turistas avisados se hacen eco en la Plaza Mayor de Ocaña, enorme cuadrilátero de ladrillo, porticado, de tiempos de Carlos III, que recuerda vivamente a la de la capital madrileña. De ella saldremos por la calle Mayor, doblaremos por la de Lope de Vega -autor de Peribáñez y el comendador de Ocaña- y, pasando entre el colosal Rollo gótico y la torre mudéjar del viejo Colegio de los Jesuitas -hoy, teatro-, seguiremos calle abajo hasta dar en la hondonada que ocupa la Fuente Grande, ¡grande como un estadio!, en la que antaño lavaban hasta 300 mujeres a la vez. El Escorial de los lavaderos -como alguien lo bautizó- fue diseñado por Juan de Herrera.

En el término de Ocaña se encuentran las ruinas del Castillo de Oreja, fortaleza de origen musulmán en la que estableció su primer convento la orden de Santiago (1170). Si somos aficionados al senderismo, podremos disfrutar de una bonita marcha hasta el castillo siguiendo estas indicaciones. Por el camino que bordea el lavadero, dejando éste a mano izquierda, nos acercaremos al paso elevado sobre la vía del tren y, nada más cruzarla, tiraremos a la derecha para hacer lo propio en la bifurcación que se presentará de inmediato. A 600 metros de la vía, nueva bifurcación en la que optaremos, esta vez, por el ramal de la izquierda, para seguir ya sin cuidado la pista más evidente con rumbo norte por el duro páramo calcáreo de la mesa de Ocaña, entre secanos pletóricos de conejos, liebres, perdices, sisones y avutardas, muy huidizas éstas, pero de vuelo pausado y señorial. Tras dos horas de paseo, estaremos ante la fuerte torre almenada de sillería caliza del castillo de Oreja, sobre un acantilado desde el que se atalaya la dilatada vega de cultivos geométricos y los verdes sotos del Tajo.
 
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